¡Cuantas vidas!

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¿Dónde van los muertos, que nunca lo he sabido?,
que por más que pregunté a los cipreses centinelas
que por la noche velaban las lindes del camposanto,
que por mucho que hostigué a los luceros vigilando
y por más que rebuscaba por la queda en altozanos,
entre lechuzas y grillos buscando a resucitados,
nunca di con espectros que se escapasen de osarios
ni espíritus transparentes que apareciesen volando
mientras fiaban los huesos para teñirlos de blanco
con rumbo desconocido, camino de algún legado,
una heredad perdida en algún mundo extravagante,
donde el amo de las cosas allí quisiera hospedarlos.
¿Dónde van todas las almas sin adornos ni sudarios?,
que nunca me lo explicaron a pesar de preguntarlo,
sin que adivinarlo pudiese, ni acreditarlo tampoco,
que quiero hallar a mis deudos e irles preparando
para que pongan un sitio donde tenga buena vista
del camino ensortijado que remonta hasta lo alto
y mirar a los que llegan a llorar arrodillados,
para esperar con paciencia a camaradas y amigos
que me debieron largo y a otros más allegados,
a los que concedí el regalo de la vida que disfrutan
sin agradecer el tanto, pensando que era obligado
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Abrí los ojos y enmudeció el silencio
y volaron los cuervos
que anidaban negros
en las grises ramas de mi pensamiento,
volaron, también, mis recuerdos,
abriendo el aire
que en la amanecida larga
se volvía tan ligero,
agitando sutiles las alas
entre sonrisas blancas
y otras tristezas frías
naciendo de mi tintero.
el rocío furtivo mojando con largos brillos
el orto disimulado que me llevaba lejos,
¡espera!,
alargué las manos
y abrí los dedos,
no atraigas luz
hasta mis ojos ciegos,
que de papel se envuelven
sílabas rotas
y poemas de sombra
curtidos de secretos.
gimieron jarcias y restallaron vientos
bailando en la noche
la danza del aire
con los pies hundidos a barlovento,
con los sueños prendidos
entre las bordas
la quilla hendiendo
la vida tan corta,
bruñendo la luna
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Dejadme vivir la locura,
ahora que me llamasteis loco
sin que supierais nunca
que el camino que seguía
juntaba sus roderas
con el sendero cuerdo
cuando llegaba a la cima.
Pero, ¿cómo sería el mundo?,
si fuese blanco el cielo,
si el suelo fuera de nieve
y los difusos paisajes
en cristal de roca tallados
por algún dios escondido;
dejadme vagar en mi cosmos
donde los locos son cuerdos,
donde los cuerdos son idos
y los campos se desvanecen
entre luces evanescentes
y sonidos de voces roncas
escondidas entre suspiros,
donde ninguna vez amanece
porque el sol nunca ha venido.
Así se me pasan las noches,
entre sombras que me acogen
y pensamientos perdidos.
Dejad que mire otros mundos
dejadme hablar con espíritus,
dejad que mis ojos vean
los rincones más oscuros,
donde anidan las ideas
que traspasaron los muros
como si fuesen taladros
que jamás hiciesen ruido.
Pasillos que se retuercen
para ir a ningún sitio,
puertas que no se abren
y escaleras sin barandillas
que protejan el precipicio,
donde asoman mis manos
para sorprender ausencias
y tomar puñados de aire
que guardaré en los bolsillos,
para respirar más tarde
cuando vuele en el vacío.
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¿Qué aura vagaba en tus noches,
dejando prendidas las esquinas del alma
con húmedas páginas, regadas con sangre de tinta,
labradas y tejidas de tantos reproches?
Que, en la oscuridad,
herida por tus ojos buscando la calma,
saltasen brisas de tantos recuerdos, que tus manos
alejaban de tu substancia con grandes aspavientos,
a largas manotadas, queriendo apagar las penas,
ansiando romper congojas y desconsuelos
que arden en la madrugada.
Y los labios... los labios secos,
los labios que recitan oraciones de argonautas
sin saber donde se ocultan los olimpos de los dioses,
sin recordar cuales son los nombres de las hadas
que convierten en carrozas cortezas vacías,
para correr desesperadas
tras una Luna que vuela en pálidas y hueras pampas
de hierbas sedientas y agitadas,
de amores de la infancia que tanto perseguías
hasta que llegaba, ligera, la nueva amanecida.
Y más, y más, y más que van derritiendo las culpas
como dedos temblorosos que ansiaran la piel
de diosas de las palabras, de mujeres y ninfas hermosas,
reflejos que se pierden y te van dejando solo...
sin dolores que te mencionen.
Y en el silenciar de la estrella,
la que navega en tu cielo, aquella,
sin ningún descontento, miras la brasa de su pañuelo
que se agita en colores de iris en el cielo
para limpiar las gotas... que de tus pestañas rotas
en algún oasis hubieren caído al suelo.
Manolo Madrid
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Sólo para aquellos que dicen y dicen, que piensan hacer pero nada hacen, aquellos que se dejan llevar en el océano de la desidia, de la apatía e imaginan, pero el viento nunca inflama sus velas y se quedan al pairo, como una goleta desvahida que a nadie sirve, hasta que un día el sunami de la Parca les lleva de un golpe contra las rocas
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PENSADOR DE NADA
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Lleva lejos tus ojos, donde la mirada es turbia,
agudiza tus oídos para oír crecer la hierba
y aspira el aire con fuerza hasta sentir los olores
que se pegan untuosos en el filo de tu lengua;
luego, piensa que la dulce vida gira y rueda,
en un tiempo que te dieron sin medirte la riqueza,
para llegar de repente a pedirte un día cuentas.
Entretanto, piensa, piensa, pensador de nadas,
que esa es la batalla que menos te avergüenza,
imagina que una nube por la noche te rodea
y que nacida la Luna en tu cama se recuesta,
poniendo en tu memoria orificios devanados,
urdidos hilos labrados de doradas cenefas,
agujeros revestidos de murallas vanas y huecas.
Poco más y te duermes, entre paredes de tela,
sintiendo como tu amante te acaricia y te besa,
sus labios frescos de agua que bebió en la tierra
y sus manos frías del cielo que recorrió sin tregua;
entonces te invaden blandas desde los abismos
esas extrañas larvas, fluidas e impalpables
que aparecen sutiles y que se llaman ideas.
Así, la noche se pasa como se pasa la vida,
pensando en cosas de nada, en fruslerías,
ideas que a veces nacieron mientras dormías,
sueños que te mantienen subido a la barca
que algunos que te encontraste, cuando pensabas,
te dijeron con sarcasmo, riendo con ironía,
que sólo cuando despiertes, podrás llamarle vida.
Manolo Madrid
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