domingo, 19 de mayo de 2013

Una profecía nos amenaza con calamidades y terribles desgracias y una tras otra las siete trompetas preconizan tribulaciones e infortunios. ¿Será cierto que alguien pueda vaticinar tal cumulo de desventuras? O puede que la vida continúe hasta el infinito, una eternidad en que la especie humana sea capaz de convivir y repoblar el cosmos.

Siete trompetas
Sonó y retronó la primera
para que granizase fuego,
que más allá fue la segunda
quien tiñó de sangre el océano.


Y como la estrella de Ajenjo,
el veneno inundó las tardes
tras una tercera trompeta,
amargando todos los mares
emponzoñando aún los ríos,
llevándose mis pensamientos
por intrincados vericuetos
y por caminos retorcidos
que no siempre se hicieron míos.

Enturbiaron también recuerdos
con sombras de luceros negros
que por los prados y en los cerros
primero se hubieren caído;
en espera del nuevo aviso,
fuerte bramido que vibrase
de metales un gran tañido.

Y con alargado gemido
que preconiza oscuridades
que desde otro tercio han venido,
parte del cielo y del sol parte
y de luceros que dan brillo,
tan sólo dos de cada tres
sobrevivirán en la mente
como punteros de berilo,
hasta que un diferente arcángel
hiciera resonar la quinta.

Y después rompieron cadenas
los cuatro verdugos alados
para rellenar de tristeza
tantas noches que nos mandaron,
y también las mañanas tersas
que desde riberas mojadas
levantaban auras de vida
cuando vistieron los vergeles
con humedales de frescor
y de rocío mil manteles.

Entonces, se hizo todo fuego
y ejércitos de ciega ira
nos allanaron las montañas
y nos abrumaron los valles
con los tamboriles de guerra
que golpearon con las alas,
llevando a todo el universo
el estruendo más incesante
con enloquecidos timbales.

Y otros dos cientos de millones
fueron de caballos ungidos,
que rugieron entre sus bocas
como los leones salvajes,
derrumbando las fortalezas,
arrasando todo el planeta
hasta el fondo de los parajes.

Manolo Madrid
Del poemario “Está rompiendo el alba”

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De repente algo se avalanza desde la oscuridad y te posee. Quizá ya te ha ocurrido otras veces y lo temes, no sabes como escapar, eres impotente y las fuerzas te abandonan mientras los recuerdos crueles vuelan entre tus ideas perturbándote, acosándote y crees que te hundes en el abismo y crees que llegas a la cima más alta, y subes y bajas sin que puedas controlar nada de lo que te ocurre, sin que puedas vislumbrar el final.


Tensiones bipolares

Han llegado ya los cuervos
desde aquel planeta infierno.
Y van buscando mis ojos
como buitres carniceros;
las horas de la desidia
planeando sobre el cielo
y los sismos de mis manos
vislumbrados desde lejos
para impedirme tocar
y acariciar con mis dedos.
Como en escobas de arpías,
subidos en los recuerdos,
han regresado los crueles
para completar las horas
con gemidos y graznidos
y sonidos que me acechan
angustiosos, depresivos,
en círculos que se estrechan,
sin que dejen de indagar
intuitivos, repudiados,
intrusos y entrometidos,
causando brillos radiantes
y risas que se quebrantan
tratando con plañideras
que sus vestiduras rasgan,
desde agudas cordilleras,
con ornamentos de nieve
en los empinados picos,
tirando brazas de ira
para que trepen las zarzas
de indolentes apatías,
desde insondables barrancos
donde no existen salidas
ni aparecen nuevos días.



Manolo Madrid
Del poemario “Está rompiendo el alba”

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jueves, 19 de agosto de 2010

Pensamientos y más

Tan sólo una expresión, una palabra, y el sentimiento lleno de infinitas connotaciones de tristeza, de tantos olores y acentos, se expande dentro de mí y las imágenes de otros lugares me rodean con la mano extendida, pidiéndome algo, que no únicamente dinero, sino comprensión, una mirada que les diga: eres emigrante y dejaste atrás la patría aunque viaje contigo el recuerdo, pero eso no ayuda, es un peso más en tu mochila, un fardo que tienes que arrastrar a lo largo de un camino del que no ves más que las piedras y las curvas, vueltas y revueltas que a veces te hacen pensar y recriminarte el porqué de tu partida. Total, para estar luego abandonado en algún oscuro y sucio corredor de un metro o un suburbano, dejando escuchar tu tristeza en tonos de acordeón o de guitarra desportillada. Para regresar a una casa que no es la tuya, donde para dormir necesitas echarte un trago de la botella del olvido.

Pensamientos y más

Emigrante de oro,

que perdiste la patria

por una hacienda;

volaba el pájaro guaraní,

lloraba en el Iguazú,

entre índigos aleteos

y brillos de esmeralda,

catarata dorada

y arco iris que la enmarca

para llegar a tiempo

al encuentro de su amada;

y quizá me digan viejo,

pero bueno,

si no lo siento, la vida sigue,

no sé hasta cuando,

hasta dejarme yerto.

Y quise comer calafate

por volver a verte de nuevo,

allá, en la esquina tan larga,

por debajo de una Pampa,

azulados frutos

de la Tierra del Fuego;

¡bebe una copa de vino!,

susurraba el viento,

para que te ayude luego

a dormir vencido,

pero vos, decidme una mentira

que me ayude a pasar la noche

para nacer al nuevo día:

sonaban arpegios de guitarra

y suspiros de bandoneón

entre olvidados ecos,

apresurados pasos

hoscas miradas en un corredor,

con cielos de arpa artesonados

y ahora, ha pasado el metro

con su aliento sofocado.

De mi poemario 'Está rompiendo el alba'

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lunes, 9 de agosto de 2010

Nada es mucho

Ocasiones inciertas donde algo te surge desde el fondo y te hace sentir que no vales nada, que la vida te ha cerrado las puertas de las oportunidades. Momentos en los que sientes que es mejor terminar y dejarlo todo para que otros sigan el sendero que a ti se te vuelve áspero e infeliz, donde no crees que lo que haces día por día con ilusión le sirva a nadie y a nadie importe. Entonces, te sientes torpe, sin fuerzas, mediocre y rompes la cuartilla en la que dejabas tus notas y tus pensamientos, partes la pluma con la que escribías algo tan íntimo y que sientes que a nadie sirve ni interesa. Y la ventana te llama con su día radiante o con su tarde triste y apagada llena de lluvia. Pero a ti te da igual y caminas hacia un nuevo universo que desconoces pero que se te antoja mejor. Después abres la salida y te lanzas a volar hacia el nuevo destino, la nada.



Nada es mucho


Evadirse de tantos caminos de espinos y marañas

provocando oídos abiertos y sonrisas cerradas,

escribiendo su biografía en tan exiguas palabras,

soslayando otras virtudes en esquelas y epitafio

publicados en diarios y una lápida arrinconada,

para que descifren lectores y paseantes de tardes

donde llueven hojas de ocre entre rachas de aire

y silencios apagados con trinos fugaces, pardales

y mirlos que nacen por la mañana y no saben leer

letras de cincel, pero observan las ánimas florecer

en flores nuevas de manos incrédulas y rebeldes,

cada tarde más ajadas, cada visita más separada,

sin comprender la transición de poco por nada,

aunque nada es mucho si aún sientes en la nuca

que los ojos de alguien te acompañan, y sonrisas

de labios, uncidos como campánulas, te consuelan

de tantas penurias del alma, antes de que tus pasos

te acerquen taimados hasta alguna ingenua ventana.

Manolo Madrid

De mi poemario 'Está rompiendo el alba'

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martes, 8 de junio de 2010

Coplillas (Olas y Ríos)

COPLILLAS

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Versos y poemas

escritos en un café,

palabras que se desgranan

como semillas de otoño,

que en invierno floreciesen,

dibujándote tantas veces

en servilletas de papel.

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Laberintos de la vida, palomas,

que felices discurren con la brisa,

colores de olivo y encina,

lágrimas para regar amapolas.

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¡Ya me huelen las parras!,

la hiedra de las almas

entre candados de hojas

al despertar el alba.

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Huelen a tarde las flores

en los tilos de la plaza,

suenan a otoño las hojas

al agitarse las ramas.

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“Tú”,

palabra que se rompe,

cristal que navega

en el aire del horizonte,

algo tan frágil,

que tu egoísmo esconde.

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Rosas blancas,

espinas rojas,

para quien las recoja.

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¿Quién rompió la guerra

que tiñe de malva

todas las tardes?

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¿Quién rompió la paz

que todos los ríos

llena de sangre?

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Hilvanaba la cretona,

pespuntes de canesú,

punto seguido, punto de cruz,

que ya se le caen los ojos

desde alares de blanco pelo,

cuando bordaba aquel pañuelo

que te llevaste tú.

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Molinillos que lleva el viento,

pelusillas de los celos

de tus pensamientos.

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Perlas de beso,

se llenaban sus manos

de silencio,

miradas de espuma

taladrando mis sentimientos.

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Vestía su velo blanco,

promesas de amor eterno

que no llegaron a tanto.

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Enredaba sus pies descalzos

en prados de flores blancas,

enredaba sus pensamientos

en nubes que no volaban.

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Corría por los rincones

y trepaba por las butacas,

enséñame tus bigotes,

emperatriz de mi casa.

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Eran tuyas las palabras

de aquel poeta errante,

que te dolieron tanto,

cuando te lo pensaste.

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Manolo Madrid
Olas y ríos (del poemario Soplador de vientos)

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miércoles, 2 de junio de 2010

Alargadas sombras


Un poema que me surgió de aquella historia en la que una ardilla podría ir del Cantábrico a Cadiz saltando de árbol en árbol sin pisar el suelo. El poema me trajo después el cuento de mi pequeño libro "Leyenda de las sombras alargadas en los campos castellanos". Naturalmente, una leyenda fruto de mi imaginación donde queda inserto el poema y que alguna amiga lectora le han arrancado dos ó tres lagrimillas.


Alargadas sombras



Dicen que es larga la sombra en los campos castellanos,
cuentan que brota de las tapias de los viejos camposantos,
cual raíces de cipreses que a las sepulturas custodiaban.
¿Porqué se repite la historia, según van cruzando los años?,
desde los caballeros de armadura que al ocaso cabalgaban
dejando detrás de sus yelmos, extrañas siluetas quebradas,
que una tarde que asomó nublada, centauros se parecieran,
hasta los dragones de ruedas, con dentaduras de acero
que confundieron a las urracas de aquel agosto postrero
cuando en la mañana, asustadas, levantaron el vuelo
mientras hurtaban el grano, sin hacer caso a los fantoches
en la tierra encadenados, vigilantes de paja henchidos
que el labrador disfrazó con harapos y deslucidos tocados,
en caminos, en sembrados y en los huertos más lejanos.
Me contaron que al oscurecer, sentado en aquel altozano,
un espectro de negros ojos, cara blanca y cabello alborotado,
contempla el sendero de trillos por donde vuelve el ganado,
los perros corriendo atentos entre el polvo de los dos lados,
el pastor silbando sus labios, mientras agitaba en el viento
la mano que arroja los cantos, la izquierda sobre los ojos,
evitando que le deslumbre el Sol que le ilumina tan gacho,
mirando con desconfianza, la silueta que se encarama
al contraluz de aquel collado, que custodio parece del valle
desde tiempos tan ancianos, donde el arbolado colmaba
las colinas y los cerros y más abajo los verdes prados,
montes de vista perdida que el horizonte hubieron curvado,
hasta emboscar las trochas y ocultar los arroyuelos
que iban desde el oriente regando los tiernos pastos.
Relatan, lenguas de estropajo, que una noche medrosa,
escucharon largos gemidos que llegaban desde lo alto,
alaridos y sollozos rebotando, bajo un cielo encapotado,
haciendo temblar la iglesia que elevaron los templarios;
y luego de un jarro de vino, explicaban los convidados,
que el fantasma del alcor, lloraba con tantas quejas,
con tan desmedidas voces y golpes en las piedras,
que asomaban entre los truenos de la tormenta ciega,
moviendo con sus lamentos los badajos oxidados,
haciéndolos girar cien vueltas al resplandor de los rayos,
golpeando con tanta furia los bronces de las sonajas
que salían con chispas los tañidos de las campanas,
hermanas que fueron testigos desde sus campanarios,
de la historia de las sombras en los campos castellanos.
Musitan aquellos amigos, después de otros tantos jarros,
sus codos sobre la mesa, las manos bajo las barbas
sujetando sus cabezas, que a lo largo de la charla
ya van siendo sometidas por tanto vino abundante
que trasiega en sus gargantas desde la cuba vieja,
que el fantasma que pernocta en los serrijones al claro,
era el de un gran señor que hubo perdido el hijo
que fue de una dama noble cuando iba sin cortejo,
bajo las ramas frondosas de unos árboles arcanos,
olvidando luego la senda donde vinieron sus pasos,
dejando al recién parido escondido entre las raíces
de algún erguido nogal, a la linde de una chopera;

y, para encontrar al retoño, hubo comprado el bosque

talando hasta el infinito la impenetrable arboleda.

Manolo Madrid (del poemario "Soplador de vientos")

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martes, 1 de junio de 2010

La bruja


Hay veces en que lo onírico, la leyenda y la poesía se conjugan y salen pequeños relatos en verso que dicen más de lo que aparentan.

LA BRUJA


Llegaban rumores suaves, el frufrú de la rafia,
el frotar del esparto en el suelo agrietado
de tablas que crujen con el mínimo paso,
llegaban suspiros y toses, de mujer anciana,
desde el desván de la casa, aromas de espliego
y susurros de musgo impregnando la escoba
donde la bruja agorera de noche volaba.
Luego, un silencio profundo bajó la escalera
para llegar a la sala y rodear la redoma
que hervía en el fuego que la lechuza cuidaba,
burbujas sonoras que al nacer desde el fondo
en el caldo inquietante su hedor explotaban,
sombras y luces bañando anaqueles de brillos
de vidrios antiguos que los conjuros velaban.
¡Belcebú, Leviatán!, brotaron los nombres
de las fuerzas oscuras, que los labios resecos
escupieron al pote que de azufres bullía
con entrañas de engendros, que al caer el día,
añagazas furtivas su existencia cobraban
al salir de sus cuevas a buscar alimento,
y morir en el bosque de encantos tan lleno.
Y al embrujo apagado de oraciones y rezos
sujetados de manos para caer en el cuenco,
surgieron vapores que entre agudos chirridos
dibujaron demonios que tomaron cuerpo
y bailaron sus danzas en aquel aire espeso,
escuchando los cantos que decía la arpía,
pidiéndoles sangre que le diese más vida.
Promesas, perjurios y ofrendas revendidas
que la boca sin dientes, de la añeja danzarina,
regalaba sonriente a los duendes y espectros
que de tantas blasfemias del fuego aparecían
y traerlos a sus faldas, que con uñas retorcidas,
aventaba con lascivia descubriendo las enaguas
y carne de sus vergüenzas al beber de la vasija.
Más tarde, con la Luna escondiendo la cara
entre espinas y ramas de la blanca encina,
la sibila se enreda en bodas de incubos
y orgías de sangre que del averno nacían,
aullando maldiciones para quien no quería,
danzando desnuda y estallando de rabia
cuando el canto del mirlo anunció el nuevo día.
¡Ha llegado el alba y nació la mañana!,
resbalaron trinos entre las breñas mojadas,
se esponjaron los musgos verdín de las jaras
y los rayos de albor saltaron por la ventana
tintando las sombras oscuras de pintura clara
hundiendo al demonio bajo las brasas
y rindiendo a la hechicera sobre su cama.
Después la llorona escondió bajo el ala
el corazón de su cara y con mágico ruido
la escoba de noche movió los palmitos
para barrer de la estancia escamas perdidas
y olores de infierno que apestaban la casa,
vapores podridos que salieron huyendo
por la puerta caída como si fuesen cuervos.



Manolo Madrid


Del poemario “Semillas de aire”



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miércoles, 5 de mayo de 2010

¡Cuantas vidas!


Miras atrás y la perspectiva te abruma, ¡cuantas vidas has vivido! Tantos caminos distintos, tantas bifurcaciones que guiaron tus pasos hasta el presente y las amanecidas que te abrieron los ojos a nuevos paisajes, nuevas caras y gentes, sentimientos que afloraban sin que tú fueses dueño de ello. Pero, tus poemas... tus poemas, que son caricias para tu espíritu, siguen ahí, con sus versos dulces o amargos, pero sinceros. Quizá... lo más sincero de ti mismo.


Del prólogo de “Está rompiendo el alba”



¡Cuantas vidas!

¡Cuantos otoños y primaveras

se ocultan en cada una dellas!

¡Cuántas noches de duermevelas

se esconden en cada línea

y cuantas dellas en un poema!

Así, paso a paso, dejando huella,

van surgiendo, cada sueño para volar

al alba, libres y emancipados,

los versos ocultos

desde mundos apartados

y sembrar simiente de sentimientos

en blancas praderas, astros ilimitados,

que habíamos ocultado.

Todavía cada mañana,

como vidas nuevas,

los cielos entran en los ojos, para borrar

las pesadillas de noches turbias

y enseñarnos las nubes

y las aves que las cabalgan,

tirando de nuestros miedos

para llevarlos lejos y enseñarnos

el sol, que luce de nuevo

en esperanzas de futuros, unos,

aunque fuesen un nimio instante

de ideas que nunca se probaron

y quedaron en barbecho,

esperando... esperando...

Y pasa el día, con sus minutos

y sus tardes de jardines

donde el sol juega al escondite

hasta que,

campanadas de rosarios,

llega la luna arrastrando del fondo

estrellas y cortinas de luceros

que sugieren, que murmuran

e invitan a la musa que te inspira

y que te coge la mano

con ternura suave

y, sin que puedas evitarlo,

te lleva a roturar nuevos campos

con sangre de tinta

y semillas de letras

dotadas de vida propia

que, después, miras sorprendido

nacer sus flores, tan deprisa

que apenas puedes recoger la mies

y amasar el nuevo pan

que te da la vida.


Manolo Madrid (de mi poemario "Está rompiendo el alba")

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domingo, 2 de mayo de 2010

¿Dónde van?


Quizá, en ocasiones, amigo lector, te hayas planteado preguntas, cuestiones que nadie te pudo asegurar con respuestas demostrables, quizá pienses que haya otros océanos donde navegar libremente cuando haya acabado la vida y quízá con eso seas feliz. Pero, yo, me sigo haciendo la pregunta sin que me valgan las historias de relojeros ni otras pamemas. Ciertamente es más triste y puede que descorazonador, sin embargo, me encuentro ya muy lejos de aquellos ancestros que miraban al cielo con recelo, asustados por el disco brillante que daba luz a sus noches, el disco cambiante y trémulo de significados inconcretos, pero prefiero sentir la realidad y navegar ahora con mis poemas en mis infinitos mares sin horizontes curvados y afrontar la certeza del final demoledor y absoluto: ¡Qué alivio! ¿No?



¿DÓNDE VAN?

¿Dónde van los muertos, que nunca lo he sabido?,

que por más que pregunté a los cipreses centinelas

que por la noche velaban las lindes del camposanto,

que por mucho que hostigué a los luceros vigilando

y por más que rebuscaba por la queda en altozanos,

entre lechuzas y grillos buscando a resucitados,

nunca di con espectros que se escapasen de osarios

ni espíritus transparentes que apareciesen volando

mientras fiaban los huesos para teñirlos de blanco

con rumbo desconocido, camino de algún legado,

una heredad perdida en algún mundo extravagante,

donde el amo de las cosas allí quisiera hospedarlos.

¿Dónde van todas las almas sin adornos ni sudarios?,

que nunca me lo explicaron a pesar de preguntarlo,

sin que adivinarlo pudiese, ni acreditarlo tampoco,

que quiero hallar a mis deudos e irles preparando

para que pongan un sitio donde tenga buena vista

del camino ensortijado que remonta hasta lo alto

y mirar a los que llegan a llorar arrodillados,

para esperar con paciencia a camaradas y amigos

que me debieron largo y a otros más allegados,

a los que concedí el regalo de la vida que disfrutan

sin agradecer el tanto, pensando que era obligado

que al mundo les trajera sin pedirles nada a cambio.



Manolo Madrid

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Déjame mi locura


Pasillos sin final ni motivo que te conduzcan por su interior, recovecos y puertas cerradas o repentinos abismos radiando intensa luz o negra oscuridad, ¿Es así la locura? ¿Somos cuerdos los que certificamos a los locos? ¿Cómo son los otros mundos íntimos de cada cual?


Déjame mi locura


Dejadme vivir la locura,

ahora que me llamasteis loco

sin que supierais nunca

que el camino que seguía

juntaba sus roderas

con el sendero cuerdo

cuando llegaba a la cima.

Pero, ¿cómo sería el mundo?,

si fuese blanco el cielo,

si el suelo fuera de nieve

y los difusos paisajes

en cristal de roca tallados

por algún dios escondido;

dejadme vagar en mi cosmos

donde los locos son cuerdos,

donde los cuerdos son idos

y los campos se desvanecen

entre luces evanescentes

y sonidos de voces roncas

escondidas entre suspiros,

donde ninguna vez amanece

porque el sol nunca ha venido.

Así se me pasan las noches,

entre sombras que me acogen

y pensamientos perdidos.

Dejad que mire otros mundos

dejadme hablar con espíritus,

dejad que mis ojos vean

los rincones más oscuros,

donde anidan las ideas

que traspasaron los muros

como si fuesen taladros

que jamás hiciesen ruido.

Pasillos que se retuercen

para ir a ningún sitio,

puertas que no se abren

y escaleras sin barandillas

que protejan el precipicio,

donde asoman mis manos

para sorprender ausencias

y tomar puñados de aire

que guardaré en los bolsillos,

para respirar más tarde

cuando vuele en el vacío.



Manolo Madrid (de mi poemario "Está rompiendo el alba).

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Madrugadas rotas

Son esas que se presentan insoslayables, inevitables, que te despiertan y te dejan mirando en el techo rancias imágenes, como si estuvieses dentro de una cámara fotográfica y la vida entrase por un resquicio de la ventana.

MADRUGADAS ROTAS


¿Qué aura vagaba en tus noches,

dejando prendidas las esquinas del alma

con húmedas páginas, regadas con sangre de tinta,

labradas y tejidas de tantos reproches?

Que, en la oscuridad,

herida por tus ojos buscando la calma,

saltasen brisas de tantos recuerdos, que tus manos

alejaban de tu substancia con grandes aspavientos,

a largas manotadas, queriendo apagar las penas,

ansiando romper congojas y desconsuelos

que arden en la madrugada.

Y los labios... los labios secos,

los labios que recitan oraciones de argonautas

sin saber donde se ocultan los olimpos de los dioses,

sin recordar cuales son los nombres de las hadas

que convierten en carrozas cortezas vacías,

para correr desesperadas

tras una Luna que vuela en pálidas y hueras pampas

de hierbas sedientas y agitadas,

de amores de la infancia que tanto perseguías

hasta que llegaba, ligera, la nueva amanecida.

Y más, y más, y más que van derritiendo las culpas

como dedos temblorosos que ansiaran la piel

de diosas de las palabras, de mujeres y ninfas hermosas,

reflejos que se pierden y te van dejando solo...

sin dolores que te mencionen.

Y en el silenciar de la estrella,

la que navega en tu cielo, aquella,

sin ningún descontento, miras la brasa de su pañuelo

que se agita en colores de iris en el cielo

para limpiar las gotas... que de tus pestañas rotas

en algún oasis hubieren caído al suelo.



Manolo Madrid



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PENSADOR DE NADA

Sólo para aquellos que dicen y dicen, que piensan hacer pero nada hacen, aquellos que se dejan llevar en el océano de la desidia, de la apatía e imaginan, pero el viento nunca inflama sus velas y se quedan al pairo, como una goleta desvahida que a nadie sirve, hasta que un día el sunami de la Parca les lleva de un golpe contra las rocas

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PENSADOR DE NADA

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Lleva lejos tus ojos, donde la mirada es turbia,

agudiza tus oídos para oír crecer la hierba

y aspira el aire con fuerza hasta sentir los olores

que se pegan untuosos en el filo de tu lengua;

luego, piensa que la dulce vida gira y rueda,

en un tiempo que te dieron sin medirte la riqueza,

para llegar de repente a pedirte un día cuentas.

Entretanto, piensa, piensa, pensador de nadas,

que esa es la batalla que menos te avergüenza,

imagina que una nube por la noche te rodea

y que nacida la Luna en tu cama se recuesta,

poniendo en tu memoria orificios devanados,

urdidos hilos labrados de doradas cenefas,

agujeros revestidos de murallas vanas y huecas.

Poco más y te duermes, entre paredes de tela,

sintiendo como tu amante te acaricia y te besa,

sus labios frescos de agua que bebió en la tierra

y sus manos frías del cielo que recorrió sin tregua;

entonces te invaden blandas desde los abismos

esas extrañas larvas, fluidas e impalpables

que aparecen sutiles y que se llaman ideas.

Así, la noche se pasa como se pasa la vida,

pensando en cosas de nada, en fruslerías,

ideas que a veces nacieron mientras dormías,

sueños que te mantienen subido a la barca

que algunos que te encontraste, cuando pensabas,

te dijeron con sarcasmo, riendo con ironía,

que sólo cuando despiertes, podrás llamarle vida.

Manolo Madrid

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viernes, 30 de abril de 2010

Se murió la niña

Quizá, un día, tu mirada se quede absorta ante un reportaje que aparece en tu televisor, tu mano a punto de llevar la cuchara o el tenedor hasta la boca, pero tus ojos llenos de aquellos niños africanos, una etnia desconocida, unas barriguitas hinchadas por causa de la desnutrición, unos rostros llenos de moscas y la miseria impidiendo que el recorrido de tu mano llegue a culminar su propósito. Entonces, entenderás cuando y como me surgió este poema.


Se murió la niña

¡Ay, qué se me murió la niña!,

esta noche rumorosa

con la luna muy alzada,

caminito ya del día,

con las estrellas por techo

y las ramas de la acacia,

presentí estremecida

que sus ojitos, ¡luceros!,

a mi cara no miraban,

que su cuerpo delgadito

poco a poco se enfriaba

y su boquita reseca

de mi pecho no chupaba.

¡Ay, qué se me murió la niña!,

esta noche tan malvada,

tan cerca del río seco

donde el agua ya no pasa,

igual ocurre en mis senos

que ya no tienen nada,

donde ella, ¡pobrecita!,

con sus manos se agarraba,

¡tira niña, tira!,

¡estrella de mi alma!,

tira de mi pecho muerto,

mentira que mi boca

intentaba regalarla.

¡Ay, qué se me murió la niña!,

en esta noche estrellada,

cuando la luna redonda

asustada me decía,

¿qué le ocurre a tu pequeña

que ya no pide nada,

que sus ojos ya no brillan

ni sus manitas te agarran?,

será que ya no quería

de tan harta como estaba,

que chupando van tres noches

y llorando van tres días,

sin haber comido nada.

¡Ay, qué se me murió la niña!,

antes de nacer la mañana,

antes de que tantas mesas

de golosinas se colmaran,

leche blanca, pan de trigo,

mantequilla y miel de flores

que no probaron sus labios

desde que a este mundo

cruel, de razas y de temores,

la enviaran como castigo,

para vivir un segundo

en este planeta de ricos

donde no falta de nada.

¡Ay, qué se me murió la niña!,

sin poder hacerle nada,

un puñadito de huesos

y piel muy arrugada,

sus ojos me lo decían

sus ojos me lo avisaban,

¡mamacita, no me dejes

que ya no veo tu cara!

pero en la choza no tengo

pan nuestro de cada día

ni grano que lo amasara,

qué quieres negrita mía

si ya estamos olvidadas.

¡Ay, qué se me murió la niña!

y ahora tengo que enterrarla,

¿lo haré en el fondo del río

ahora que ya no tiene agua?

¡hazlo bajo la encina

y que se convierta en savia!,

así podrás ver que vive

cuando allá en la primavera

broten las flores blancas,

tan blancas como la leche

que nadie quiso darla,

eso me dijo la luna

mientras cantaba una nana.

Manolo Madrid

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