domingo, 10 de julio de 2011

Sabes



Del amor, intangible propiedad que te posee y coloca algún sutil filtro delante de tus ojos y obliga a tu mente a ver otros paraisos donde antes no hubo más que un universo gris.




Sabes

¿Sabes ángel mío
que la vida es... nada?,
es suspiro, aliento

de vela que se apaga;
es viento de palabra,

luna que le llega la mañana.

Es cómo rumor de río

que se filtra entre las cañas;
es el lejano sonido

de aquel valle su campana;
es aroma de tus labios

muy cerca de mi cara;
es aleteo, vuelo, brillo

de perseguida paloma
para caer encelada.
¿Sabes, amor mío,

que la vida se me escurre?,

como agua entre los dedos,

como el calor de la brasa;

como escapa el humo ciego

de las tejas de una casa.
¿Sabes, alma mía,

que el tiempo ya se aleja?,

como vuela aquel gorrión

de las rejas de su jaula,
como huye el hombre viejo

de las risas de la infancia.
¿Sabes, dulce amada,

que me cegó la mirada?,

aquel día en primavera

en que ardí sobre tu llama.
Luego, mis ojos fueron

esclavos de tu alma,
sin querer mirar ya nada,

gastadas las pupilas

de ver brillar tu aura,
y yermo el corazón

por presentir tu marcha.


Manolo Madrid
Del poemario “Palabras, sólo palabras”


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martes, 3 de agosto de 2010

Espérame en la eternidad

La fuerza del amor te hace cometer locuras y entonces, cuando nadie te mira, en la mitad de tu noche, robas un rayo de luna para volar en el espacio y buscar a tu amada.
Espérame en la eternidad

Subido en la cima del aire,

disfrazado de horizonte

tras una esquina del Sol,

la esperaba enamorado,

de mi pudor indiferente,

con ajuar de terciopelo

desde el filo de mi mente

al brillante confín del cielo,

dosel de luceros labrado

y luz de Luna enjaezado.

Tras suspiros de mil años,

subido en un hilo de plata

que robé con osadía,

recorrí desesperado

mirando hierba por hierba

el lindero de una pampa,

besando cada guijarro,

por indagar si aquel día

quizá se hubiese pegado,

el aroma de su estampa.

Aún pregunté, ilusionado,

al cruzar la Osa Mayor,

por la emperatriz de mi amor,

respuesta que siete hermanas

me dieron con un enigma:

“Diadema de olorosas flores

en un cometa viaja escondida,

de su fulgor paradigma,

hasta derramar distraída

por su extremo resplandores”.

Espera, Mizar, doble estrella,

imploré muerto de celos

señalándole los luceros

que palpitantes nos miran,

que yo te daré un regalo

para que tu pelo brille

mientras se agotan los años

que me quedan de la vida,

si consigues que ella vuelva

y en mi corazón sea rendida.

Manolo Madrid

De mi poemario 'Preguntando el camino'

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viernes, 30 de abril de 2010

Se murió la niña

Quizá, un día, tu mirada se quede absorta ante un reportaje que aparece en tu televisor, tu mano a punto de llevar la cuchara o el tenedor hasta la boca, pero tus ojos llenos de aquellos niños africanos, una etnia desconocida, unas barriguitas hinchadas por causa de la desnutrición, unos rostros llenos de moscas y la miseria impidiendo que el recorrido de tu mano llegue a culminar su propósito. Entonces, entenderás cuando y como me surgió este poema.


Se murió la niña

¡Ay, qué se me murió la niña!,

esta noche rumorosa

con la luna muy alzada,

caminito ya del día,

con las estrellas por techo

y las ramas de la acacia,

presentí estremecida

que sus ojitos, ¡luceros!,

a mi cara no miraban,

que su cuerpo delgadito

poco a poco se enfriaba

y su boquita reseca

de mi pecho no chupaba.

¡Ay, qué se me murió la niña!,

esta noche tan malvada,

tan cerca del río seco

donde el agua ya no pasa,

igual ocurre en mis senos

que ya no tienen nada,

donde ella, ¡pobrecita!,

con sus manos se agarraba,

¡tira niña, tira!,

¡estrella de mi alma!,

tira de mi pecho muerto,

mentira que mi boca

intentaba regalarla.

¡Ay, qué se me murió la niña!,

en esta noche estrellada,

cuando la luna redonda

asustada me decía,

¿qué le ocurre a tu pequeña

que ya no pide nada,

que sus ojos ya no brillan

ni sus manitas te agarran?,

será que ya no quería

de tan harta como estaba,

que chupando van tres noches

y llorando van tres días,

sin haber comido nada.

¡Ay, qué se me murió la niña!,

antes de nacer la mañana,

antes de que tantas mesas

de golosinas se colmaran,

leche blanca, pan de trigo,

mantequilla y miel de flores

que no probaron sus labios

desde que a este mundo

cruel, de razas y de temores,

la enviaran como castigo,

para vivir un segundo

en este planeta de ricos

donde no falta de nada.

¡Ay, qué se me murió la niña!,

sin poder hacerle nada,

un puñadito de huesos

y piel muy arrugada,

sus ojos me lo decían

sus ojos me lo avisaban,

¡mamacita, no me dejes

que ya no veo tu cara!

pero en la choza no tengo

pan nuestro de cada día

ni grano que lo amasara,

qué quieres negrita mía

si ya estamos olvidadas.

¡Ay, qué se me murió la niña!

y ahora tengo que enterrarla,

¿lo haré en el fondo del río

ahora que ya no tiene agua?

¡hazlo bajo la encina

y que se convierta en savia!,

así podrás ver que vive

cuando allá en la primavera

broten las flores blancas,

tan blancas como la leche

que nadie quiso darla,

eso me dijo la luna

mientras cantaba una nana.

Manolo Madrid

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