viernes, 30 de abril de 2010

Se murió la niña

Quizá, un día, tu mirada se quede absorta ante un reportaje que aparece en tu televisor, tu mano a punto de llevar la cuchara o el tenedor hasta la boca, pero tus ojos llenos de aquellos niños africanos, una etnia desconocida, unas barriguitas hinchadas por causa de la desnutrición, unos rostros llenos de moscas y la miseria impidiendo que el recorrido de tu mano llegue a culminar su propósito. Entonces, entenderás cuando y como me surgió este poema.


Se murió la niña

¡Ay, qué se me murió la niña!,

esta noche rumorosa

con la luna muy alzada,

caminito ya del día,

con las estrellas por techo

y las ramas de la acacia,

presentí estremecida

que sus ojitos, ¡luceros!,

a mi cara no miraban,

que su cuerpo delgadito

poco a poco se enfriaba

y su boquita reseca

de mi pecho no chupaba.

¡Ay, qué se me murió la niña!,

esta noche tan malvada,

tan cerca del río seco

donde el agua ya no pasa,

igual ocurre en mis senos

que ya no tienen nada,

donde ella, ¡pobrecita!,

con sus manos se agarraba,

¡tira niña, tira!,

¡estrella de mi alma!,

tira de mi pecho muerto,

mentira que mi boca

intentaba regalarla.

¡Ay, qué se me murió la niña!,

en esta noche estrellada,

cuando la luna redonda

asustada me decía,

¿qué le ocurre a tu pequeña

que ya no pide nada,

que sus ojos ya no brillan

ni sus manitas te agarran?,

será que ya no quería

de tan harta como estaba,

que chupando van tres noches

y llorando van tres días,

sin haber comido nada.

¡Ay, qué se me murió la niña!,

antes de nacer la mañana,

antes de que tantas mesas

de golosinas se colmaran,

leche blanca, pan de trigo,

mantequilla y miel de flores

que no probaron sus labios

desde que a este mundo

cruel, de razas y de temores,

la enviaran como castigo,

para vivir un segundo

en este planeta de ricos

donde no falta de nada.

¡Ay, qué se me murió la niña!,

sin poder hacerle nada,

un puñadito de huesos

y piel muy arrugada,

sus ojos me lo decían

sus ojos me lo avisaban,

¡mamacita, no me dejes

que ya no veo tu cara!

pero en la choza no tengo

pan nuestro de cada día

ni grano que lo amasara,

qué quieres negrita mía

si ya estamos olvidadas.

¡Ay, qué se me murió la niña!

y ahora tengo que enterrarla,

¿lo haré en el fondo del río

ahora que ya no tiene agua?

¡hazlo bajo la encina

y que se convierta en savia!,

así podrás ver que vive

cuando allá en la primavera

broten las flores blancas,

tan blancas como la leche

que nadie quiso darla,

eso me dijo la luna

mientras cantaba una nana.

Manolo Madrid

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