miércoles, 21 de abril de 2010

Miraba la tarde

Es posible que a ti también te haya ocurrido, algún verano suave, una primavera o un otoño tardío. Te sientas al atardecer en alguna terracita de un bar, contigo mismo, y dejas pasear la mirada. A mí me salieron estos pocos versos:

Miraba la tarde (Frutas de invierno)

Miraba la tarde amable desde un confín de la plaza,

la más centrada de Zamora y devota de San Juan,

una atalaya ganada para abrazar la anochecida

cualquier redonda mesilla donde sentar mi coraza;

miraba correr la tarde tras la iglesia presumida

como si fuese la torrecilla de un altanero guardián,

dejando brisar aromas, dejando discurrir la vida

que se diluye entre la gente de paso tan elegante,

llevando la libertad prendida a vuelo de las sonrisas

que parecen desde el cielo que se llevasen colgadas

gastándola con premura entre veladas charlas,

derrochándola sin temor de que sea malgastada;

miraba como se mira cuando no se teme a nada

dejando saltar mis ojos en los alares de las casas

jugando entre mis manos poemas que no me cansan.

Y brotando desde el fondo, sin pregonar ningún hada,

atardecieron ocho campanas, informando el carillón

que desgranó por las piedras su cadencia reiterada

asustando a las urracas que respondieron enojadas

dejando escapar sus voces por las ancianas fachadas,

haciendo orfeón con ellas las cigüeñas de cada día;

miraba comparecer la noche entre perfumes del río,

un Duero tras las murallas, un amante que suspira

aromas de tantas tardes, alientos de tantas noches

que me llenan de misterios durante todo el estío;

después, miré a los tejados teñidos de luz dorada,

el beso que deja el Sol cada vez que ya se marcha,

elogiando los murmullos y las rimas de los poetas

que se quedan sosegados en las pobladas terrazas.

Manolo Madrid ( de mi poemario Frutas de Invierno)

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