sábado, 9 de julio de 2011

Callaba la tarde



Uno de esos instantes en que parece que el alma se te despega del cuerpo y se eleva hasta el cenit, desde allí, vislumbras los jardines, desde allí hueles las rosas y los jazmines y dejas que tu mirada se embeba de la plata del Duero, que navega en su rumor, su brillo apenas roto por el reflejo de las cigüeñas y las aves nocturnas, que dan vida al paisaje. Entonces el poeta surge desde el fondo y la mano corre sola en busca de las rimas y de prerpetuar el momento, como si tratase de guardar la vida en el obturador de tu memoria.

Callaba la tarde


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Callaba la tarde entre murmullos del río,
dormidas estaban las viejas campanas
por dejar en las torres el eco partido,
de tantas cigüeñas resonando su pico;

callaba la tarde mirando a la Luna

que había aparecido, en el borde del aire,
despertando del sueño para dejar ver su cara

bañarse temblando en las aguas añiles
del Duero teñido, que discurre tranquilo,
cantando en la noche su rumor muy bajito.


Callaba la tarde en el jardín del castillo,
tapando las flores, escondiendo a su niño,

dormid campanillas, petunias y rosas

que en toda la noche no habrá ningún ruido;
callaba la tarde en los campos cercanos,

para mirar sus espigas bailar con la brisa,

contentas del grano que tienen prendido,

para ver a los chopos moviendo sin prisa

sus ramas cargadas con hojas de plata
ocultando entre ellas, de pardales, el nido.


Manolo Madrid
Del poemario “Rumores del Duero”

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jueves, 18 de noviembre de 2010

Mañanitas de domingo




A veces, el corazón se ve obligado a perder sus querencias y recorres una y otra vez el sendero en busca de lo que amabas, como si por hollar más veces la hierba y resbalar más días los ojos sobre el paisaje pudieses recuperar la vida que te daba aliento.

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Mañanitas de domingo







Mañanitas de domingo

que lleváis ligeros mis pasos

para cruzar por el puente

al otro lado del río,

entre chopos y espadañas;

vereda de madrugadas

lavada con el rocío,

que recorre toda la orilla

de aquella isla callada,

donde rumores de agua

me acompañan entre trinos,

hasta llegar a los pinos

donde reposa mi amada.

Espliego que de recuerdo

me traigo luego a la casa,

mirando sólo las sombras

que la bruma difumina,

apareciendo sutiles

desde la mansa corriente,

algunas veces con lluvia

otras con cielo abierto

sacando al Sol desde el Duero

pintando alhucemas de malva;

olores que luego guardo

en un bolsillo escondido,

en un pliegue de mi alma.

Alguna mañana llovía

sobre la helada retama,

pero eran gotas extrañas

que al caer entre mis labios

parecían de agua salada,

por recordar tantas veces

en que ella, dulce mía,

despacio me acariciaba;

después fueron mis huellas

las que dejaron marcada

la senda de tantas idas,

las mañanas de domingo

de festivo las mañanas.

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Manolo Madrid

Del poemario “Soplador de vientos”





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domingo, 22 de agosto de 2010

Dadme las piedras


Un paseo en un noviembre suave, por el casco antiguo de la bien amurallada, de esta Zamora que me enamoró para siempre, entre antiguas piedras, portillos, cuestas y recoletos tilos en parques cercados de casas de oración y recogimiento, un otoño leve, como el vuelo de la pluma perdida de algún pardal, me hizo recitar el poema nuevo que dejará constancia para siempre del paisaje urbano de esta ciudad llena de historia y estandarte románico. También, tras el poema, surgió el dibujo, uno que bosquejé en una mesita de 'Ocellum' un emblemático y conocido café en la Plaza Mayor, frente a la iglesia de San Juan, durante las fiestas de San Pedro. Aquellas que fueron tan especiales para mí, unas en las que surgió también el relato de 'La Seducción Tribal', que a su vez fue semilla de mi primera novela publicada: 'Oda a Beatriz'.
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Dadme las piedras
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A mí, dadme ësas piedras,
esas piedras tan ancianas,
aquellas de sillería,
esas que fueron labradas
para servir de linderos
a las recoletas plazas
de la noche zamorana,
la de Fray Diego de Deza,
la plaza de Arias Gonzalo,
y tantas estrechas rúas
de suelos adoquinados,
donde tocas las fachadas
con sólo alargar tus manos
y donde, en otro pasado,
anduviere un arcipreste
que su nombre dio prestado.

A mí, dejadme aquí atado,
entre los tilos frondosos
bajo los cielos de otoño,
de mil flores rodeado,
dejadme sólo un espacio
en uno de aquellos bancos,
para mirar sin descanso
de San Ildefonso muros
que por sujetar la iglesia
rematan airosos arcos
y aquella redonda puerta
por donde entraban los carros,
oyendo latir los bronces
que a la media tarde gritan
levantando a las palomas
que anidaban en lo alto.

A mí, ponedme de noche,
en la plazuela sentado,
que en el invierno de nieblas
con el frío castellano,
sabré confundir mis huesos
mirando temblar las gotas
que en las paredes calizas
los regueros van formando,
y en el ardiente verano,
sentir frescor en la sombra
que las torres han guardado
por traer a la placita
a tantos enamorados,
¡de las noches perfumadas!,
y sentarles en la umbría
con el alba refrescando.

A mí, llevadme callado
con esos cien de la plaza
y pasitos orillados,
llevadme a la Catedral
por Corral de Campanadas,
pero no dejadme dentro,
acercadme a las murallas
que, sentado en las almenas,
velaré sin más el Duero
que se tuerce entre cigüeñas,
regresando con premura
para ocupar sus nidales,
donde duermen las campanas
que doblarán sin descanso
mientras apacibles calles
a mi vida dieron paso.


Manolo Madrid

De mi poemario 'Palabras, sólo palabras'

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miércoles, 21 de abril de 2010

Miraba la tarde

Es posible que a ti también te haya ocurrido, algún verano suave, una primavera o un otoño tardío. Te sientas al atardecer en alguna terracita de un bar, contigo mismo, y dejas pasear la mirada. A mí me salieron estos pocos versos:

Miraba la tarde (Frutas de invierno)

Miraba la tarde amable desde un confín de la plaza,

la más centrada de Zamora y devota de San Juan,

una atalaya ganada para abrazar la anochecida

cualquier redonda mesilla donde sentar mi coraza;

miraba correr la tarde tras la iglesia presumida

como si fuese la torrecilla de un altanero guardián,

dejando brisar aromas, dejando discurrir la vida

que se diluye entre la gente de paso tan elegante,

llevando la libertad prendida a vuelo de las sonrisas

que parecen desde el cielo que se llevasen colgadas

gastándola con premura entre veladas charlas,

derrochándola sin temor de que sea malgastada;

miraba como se mira cuando no se teme a nada

dejando saltar mis ojos en los alares de las casas

jugando entre mis manos poemas que no me cansan.

Y brotando desde el fondo, sin pregonar ningún hada,

atardecieron ocho campanas, informando el carillón

que desgranó por las piedras su cadencia reiterada

asustando a las urracas que respondieron enojadas

dejando escapar sus voces por las ancianas fachadas,

haciendo orfeón con ellas las cigüeñas de cada día;

miraba comparecer la noche entre perfumes del río,

un Duero tras las murallas, un amante que suspira

aromas de tantas tardes, alientos de tantas noches

que me llenan de misterios durante todo el estío;

después, miré a los tejados teñidos de luz dorada,

el beso que deja el Sol cada vez que ya se marcha,

elogiando los murmullos y las rimas de los poetas

que se quedan sosegados en las pobladas terrazas.

Manolo Madrid ( de mi poemario Frutas de Invierno)

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