sábado, 9 de julio de 2011

Callaba la tarde



Uno de esos instantes en que parece que el alma se te despega del cuerpo y se eleva hasta el cenit, desde allí, vislumbras los jardines, desde allí hueles las rosas y los jazmines y dejas que tu mirada se embeba de la plata del Duero, que navega en su rumor, su brillo apenas roto por el reflejo de las cigüeñas y las aves nocturnas, que dan vida al paisaje. Entonces el poeta surge desde el fondo y la mano corre sola en busca de las rimas y de prerpetuar el momento, como si tratase de guardar la vida en el obturador de tu memoria.

Callaba la tarde


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Callaba la tarde entre murmullos del río,
dormidas estaban las viejas campanas
por dejar en las torres el eco partido,
de tantas cigüeñas resonando su pico;

callaba la tarde mirando a la Luna

que había aparecido, en el borde del aire,
despertando del sueño para dejar ver su cara

bañarse temblando en las aguas añiles
del Duero teñido, que discurre tranquilo,
cantando en la noche su rumor muy bajito.


Callaba la tarde en el jardín del castillo,
tapando las flores, escondiendo a su niño,

dormid campanillas, petunias y rosas

que en toda la noche no habrá ningún ruido;
callaba la tarde en los campos cercanos,

para mirar sus espigas bailar con la brisa,

contentas del grano que tienen prendido,

para ver a los chopos moviendo sin prisa

sus ramas cargadas con hojas de plata
ocultando entre ellas, de pardales, el nido.


Manolo Madrid
Del poemario “Rumores del Duero”

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