martes, 27 de abril de 2010

¿Cuántos años?

Y son esas historias que te vencen al filo de coger el sueño, algo que surge de la oscuridad, como un susto que salta desde una mata del borde del sendero y se apodera de tu pensamiento haciéndote elucubrar...

Cuantos años

¿Cuántos años estamos

en el corazón de alguien?

¿Cuántas vidas se viven

hasta esbozar la verdad

y evaporar los clichés

que surgen difuminados?

Imágenes para rezar

y descargar penas propias,

retratos de estantería,

una foto desvaída

de rostro difuminado

por el trajín de la vida;

extrañas evocaciones

que prolongan el camino

hasta que parece eterno

y a uno le achacan

descalabros o victorias,

viejas cosas que pasaron,

más por que habían de ser

que, por que se antojaron.

Y se habla y se dice

y dejan volar en aire

los descontentos ciertos,

algunos y otros llevados

por vínculos egoístas

que ataron los recuerdos,

envidias y soterrados:

“yo quiero y quiero”;

tantos y tantos caprichos

insatisfechos de alguno,

de carne como la tuya.

Y tu mano sin varita

de mago que lo idease

regio para regalarle:

dádiva inesperada

que comprara su sonrisa

haciendo de adherente

para hospedar simpatías

del corazón en su mente.

Y aparenta que nunca

se desvanecen ni mueren,

sacros motivos, pretextos

que divinizado hubimos

como si fuesen cruzadas

persistentes en el tiempo,

como raíces de sauce

que cada día avanzan

lejos, buscando causas

como busca la acequia

aquel salguero viejo.

Y rumian y tascan y roen

masticando las historias

del indiferente muerto,

imaginándolo vivo

hasta dejarlo herido

y publicarlo maltrecho

con el impulso del céfiro

que sopla más diligente,

colgándolo en el techo,

como si fuese de bronce

una fulgente araña,

reclamo indiferente

de bombillas guardesas

que iluminaban tardes

de prematuros otoños,

bosquejando alumbradas

guirnaldas de humo mate

que abajo se retorciese.

Cumpleaños de invierno,

regocijos y festejos

donde no fue invitado

para ningún agasajo

uno que desean muerto,

aquel que será mentado

por bocas de mil mohines

ofensivos y sutiles,

para que salgan del nicho

todos los huesos mondados

y los restos más nimios

con bien alineados dientes

para reír en la fiesta,

bajo dos amplios huecos

de ojos inexistentes,

pitanza para gusanos

de mirar indiferente.

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