Saga de las alegorías plásticas

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Saga de las alegorías plásticas
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Azul y azul, estrella de mi limbo,
síncope de tales mundos perdidos,
los de mis divagaciones etéreas
y la lejana implosión de mi nova,
urdida desde planos de orates
que inalterablemente me observan,
desde labrantíos de lunáticos,
apóstoles llorosos y sufridos,
enseñando sus manos levantadas
invocando y gimiendo afligidos.
Y del azul, añil, trueca el blanco,
el albo brillante más persistente,
ese nacarado que tan pertinaz
envuelve inciertos los lamentos
junto a los gemidos de la gente,
aquellos que fueron idos de siempre,
unos, y otros que nunca llegaron
y que jamás tuvieron algún nombre,
que más tarde se quedaron inmersos
entre largos y compasivos deseos,
devorados por amargas envidias
que tampoco a mí me permitieron
germinar en sembradíos mis poemas
en su gris pretendido Universo,
donde el narcisismo es el éter
de tantos millones de ojos ineptos,
y de algunos millones más, ateos,
en tantos indefinidos aspectos.
Pero, sé que la levadura crece,
progresa y persiste incontrolada
se revuelve y empuja con fuerza
con la húmeda y pesada gravedad
de cada palabra que nace escrita,
horadando incisa, la piedra misma,
la impronta que genera la vida,
mirando aquellas trazas y huellas
que en tiempo llegaron desde arriba,
de todos los espacios y las simas,
del profundo telón de las galaxias,
del siniestro y gran agujero negro
que bulle y desprende su energía
en el epicentro del infinito,
del paradigma de mi Universo,
un confín ignoto e inesperado
de mi escondido y propio ego,
en el recóndito de mi cerebro.
Luego, el rojo, siempre tan intenso
como la misma sangre de la vida,
se apodera mezquino de todo
y retiene para sí la historia,
y para generaciones futuras,
en alargadas cadenas de genes,
sujetos por complicados axiomas,
urdidas de herencia intemporal
por misteriosos impulsos oscuros
y antiguos designios tenebrosos,
que impíos nos desgastan y afligen,
y que nos destruyen con oraciones
de religiones sombrías que surgen
como brotan en rosas las espinas,
dioses desde la lejana Gondwana
la antigua y primigenia Tierra,
la diosa más vernácula y fértil
que nos lleva al futuro flotando
sobre ardientes océanos de lava,
que subyacen hirviendo soterrados:
la sangre de la tierra más anciana.
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Manolo Madrid
De mi poemario "Alegorías plásticas"
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