domingo, 20 de octubre de 2024

CAZADOR

De mi poemario "Estampas de Castilla"

14 oct. 2024

 

Me grita la soledad,
negros estorninos rompen
el cielo de mis ojos,
tordos desde el confín
de aquel campo,
-una hectárea, apenas un sinfín-.

Salta al zarco un vuelo de codorniz,
¡deja cazador,
deja sin abrir
de tu escopeta la funda!,
tampoco para orejas
de gazapo infestado,
¡deja tu herramienta
hincada en la cuneta,
con su negra boca
hundida en seco barro!,
buscando enraizar
y de su culata retoñe una encina
y deja que molinetes
rompan el filo del aire
para hacer ameno el paisaje,
para alimentar las venas
que aún sujetan la vida
en pueblos del abandono:
Nada en Castilla, dice Ortega,
a mi memoria llega.

Y me hieren cuchillos de palabra,
son versos míos,
-en el silente alcor
me sabe el viento frío-
y mi perra restriega el lomo
en pierna de pana,

en mi mano frota el hocico
- húmedo y mojado,
atento el jadeo -,

atrás, mis ojos, se pierden
en revueltas del sendero,
al fondo destaca un brillo
entre encinares
pintados en la alpaca del río,
en el medio..., roturadas eras.

Corriendo paralelas
cornejas que se acercan...,
la liebre las burla
en ojos de mi perra.

Deja cazador,
- déjala sin abrir -
dicen mis versos
mientras clavo en tierra
mi escopeta
- deja cazador -
¡déjalos vivir...!

Pocos vecinos quedan en el baldío,
mis ojos se enturbian de zarco
y de la alpaca del río.

Molinetes rompen el aire,
el aire me sabe amargo
y mi perra se tumba al lado,
jadea suave...,
y mira la escopeta de soslayo.

 

Manolo Madrid


domingo, 13 de octubre de 2024

Doblabas

Doblabas las horas

 

Doblabas las blandas horas,

mirada vacía desde tus ruedas

y horas huecas,

molinillos de aire

y relojes de agua

en un desierto de arena,

exprimiendo los minutos,

el zumo de las piedras,

intentando vaciarlas

y arrancarle los segundos,

pétalos de viento,

uvas de la parra que te sobran

mirando desesperado el tiempo,

fruto que las rebosa.

 

Mirabas entristecido

aromas de hierbabuena,

vencejos que ya se han ido

por tus ventanas abiertas,

persiguiendo las claras nubes,

algodón de agua

cuando están quietas.

¿Quieres que te cuente

un cuento de brujas buenas?

¡Cuéntame las estrellas

y tráeme enseguida un hada!

Espera, espera y no llores,

quizá llegue una por la mañana

y rompa esa cama que te encadena.

 

Soñabas cada noche

muy cerquita ya del alba,

humo blanco que se escapa

por las rendijas heridas,

tejas rojas de tu alma,

brillante esfera de plata,

Luna de muy arriba,

princesa de los luceros

que duerme durante el día.

 
Sueño que sueño

con unas alas

que me lleven hasta Diana

a pedirle que borre mi fantasía

de las estrellas que la vigilan.

 

Manolo Madrid

 

  

sábado, 12 de octubre de 2024

El huerto

El Huerto

Quién miró a la Luna, triste bajo los mustios olivos,

haciendo coro de amigos, melancólicos, dolientes

músicos de serenatas, noctámbulos concertistas,

rapsodas de hojas cetrinas que sisean como flautas;

y las rondas de oraciones implorando condolencias

para la sombra que apunta con un beso como fuese

un dedo de traición; quién miró en pie, sobre hierba muda,

que no supo contar nada, quien miró, cabeza gacha,

y contó las piedras blancas, sendero marcando el alba.

Por qué la cara del cielo se marchó despabilada

mientras se hincaban rodillas para labrar el camino

que al martirio con espinas treinta monedas llevaban.

 

¿Qué cantaron las cigarras para oídos de soplillos?,

órgano chirriante, címbalo estridulador, llamando

persistente al centurión del rebenque que azotaría

a su señor, empujando su sendero hasta llevarlo,

con multitud de judíos, a clavarlo en un madero.

¿Quién puso su nombre al huerto?, cúspide de algún collado,

que dejó la senda triste cruzando sin horizonte,

pasando bajo solanas y crudezas invernales.

¿Quién era Getsemaní y fue propietario de un jardín?,

que no supo poner trabas en pared enjalbegada,

para dejar, en adobes y cal, cortada memoria

que nadie hubiese tenido que escribir ni recordar.


Manolo Madrid (Poemas para un destierro)
 

martes, 8 de octubre de 2024

Desayunos de la infancia

Desayunos de la infancia

De mi poemario "Cuando yo me muera"

Y dejas detrás la imagen de la palangana,

el alcohol se quema para dar calor a la estancia,

para dar vaho a la ventana,

entre flamas azules y brillos naranjas.

En la habitación de tu infancia, entre tiriteras de frío

y lloriqueos de hermanas

se quema la camiseta que resbaló de unas manos,

el resplandor subió la temperatura unos grados

y madre nos grita enfadada,

la pobreza es la dueña de la casa,

el ama que ordena y despierta temblores

en cuerpos menudos y ojos con legañas.

La miseria te lleva vestido con ropa gastada

y desayunas arrimado a la cocina

que tiene grabado su nombre,

económico fogón de leña

y picadillo, carbón de bola que arde rojo,

soltando de la fragua los humillos.

Tiritando están de pie consanguíneas

tomando la leche manchada,

aún miras el bote de achicoria

que cambia el sabor de la blanca nata.

Te fijas en el reguero seco que resbala de su tapa,

fue de aquel domingo en que hubo mermelada;

hoy, un pan de ayer envuelto en paño

se desmiga sobre la tabla,

luego, la mitad de la hogaza se corta en rebanadas

y las manos se apresuran para tomar la más ancha. 



Manolo Madrid