lunes, 14 de marzo de 2011

Campanadas de Santa María

De aquel tiempo, ya amortiguado por la vida y la distancia, en que viví en Aranda de Duero, casi frente a la iglesia de Santa María, de aquel día triste en que el espíritu del viejito de cada tarde se marchó a sobrevolar los campos y saltar las nubes sin que los ojos de su dueña pudieran secar sus lágrimas, de aquella tarde en que las campanas volaron tristes, de aquella ventana salió mi poema y aún, a pesar de los años, lo he ido cambiando una y otra vez guiado por la perspectiva que te da el transcurrir de los días.
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Campanadas de Santa María

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De Santa María doblan

sus lamentos las campanas,

de sus piedras trabajadas

con cincel de vieja estampa,

saltan, bullen en cascada,

primero canta la grave,

luego... replica la hermana.

Espaciadas en la tarde

de una otoñada nublada,

pasean acompasadas

por palomares y tejas,

por corredores y plazas,

por enredados casones

de blasonadas fachadas,

su reiterada sonata.

Y entre rastrojos y valles

escuchando en lontananza,

los tordos y picarazas,

y en las galeras, los mozos,

que recogen remolacha

en los barros farragosos

de la tierra trabajada,

en silencio y descubiertos,

antes la voz de la grave,

llega nada más tarde...

el tilde de la hermana.

Así, pausadas, sin tregua,

fraternas, vibrando el alma,

publican la mala nueva

escudriñando las vegas,

las laderas de las lomas,

serpenteantes cañadas,

enredando en los enebros

y en agostadas retamas,

las duras notas de bronce

que se doblan sin pausa.

También escuchan dos ojos

desde empinada ventana,

rasgando en mil silencios

sus mejillas arrugadas,

¡compañero de la vida,

qué vacía está la casa!

sólo dejarás silencio

cuando acabe la tonada,

que en la taimada tarde

Santa María reclama.

¿Y cómo será la espera

para repetir la nana?

pensamientos que se clavan

entre insumisas lágrimas,

para que en el largo valle,

atento en otro mañana,

la voz ronca de alguien

musite al compañero:

¡escucha, oye… escucha,

cómo hablan las campanas!

De Santa María doblan

en triste tarde pausada,

primero... grita la grave,

luego... replica la hermana...

Manolo Madrid
Del poemario Palabras, sólo palabras

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miércoles, 17 de noviembre de 2010

Miraba la tarde

Todavía laten en mí los influjos de aquella puesta de sol desde la Plaza Mayor de Zamora, un final de estío suave, de gente paseando y terracitas repletas; el sábado cerrándo sus puerta para dejar llegar la noche y los últimos suspiros del día rielando en los alares de los edificios de oriente. Ahora he convertido aquellas estrofas hechas con el corazón y publicadas en abril de este 2010 en octosilabos, que me han parecido más acordes con mi gusto.

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Miraba la tarde

Miraba la tarde amable

desde un confín de la plaza,

la centrada de Zamora

y más devota de San Juan,

una atalaya ganada

de abrazar la anochecida

cualquier redonda mesilla

donde sentar mi coraza;

miraba correr la tarde

tras la iglesia presumida

cual si fuese torrecilla

de un altanero guardián,

dejando brisar aromas,

dejando correr la vida

que se diluye entre gente

de paso tan elegante,

con la libertad prendida

a vuelo de las sonrisas

que parecen desde el cielo

que se llevasen colgadas

gastándola con premura

entre las veladas charlas,

derrochando sin temor

de que sea malgastada;

miraba como se mira

cuando no se teme a nada

dejando saltar mis ojos

en alares de las casas

conjugando entre mis manos

poemas que no me cansan.

Y brotando desde el fondo,

sin pregonar ningún hada,

nublaron ocho campanas,

informando el carillón

que desgranó por las piedras

su cadencia reiterada

asustando a las urracas

que responden enojadas

dejando escapar sus voces

por las ancianas fachadas,

haciendo orfeón con ellas

cigüeñas de cada día;

veía llegar la noche

entre perfumes del río,

un Duero tras las murallas,

un amante que suspira

aromas de tantas tardes,

alientos de tantas noches

que me llenan de misterios

durante todo el estío;

después, miré a los tejados

teñidos de luz dorada,

el beso que deja el Sol

cada vez que ya se marcha,

elogiando los murmullos

y las rimas de poetas

que se quedan sosegados

en las pobladas terrazas.

Manolo Madrid

Del poemario “Frutas de invierno”

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