De la ciudad
Y dejélos ir: tiempo, ojos, pensamientos
entre motores y tráfico de ciudad;jadeos vivos de estructuras que palpitan
tenaces, sólidas, con rectilínea identidad.
Que no se dejaron abatir de ninguna noche,
ni en cualquier esquina emancipada de sol:
un oasis libre de clandestino reproche,
un atolón de la noche sembrado de ubicuas sillas
en las que podemos incrustar cimientos, estados
y poemas para contar personas y gorriones,
peatones y palomas, habitantes de aceras
y paseos cuadriculados e intrascendentes,
escrutando al frescor de la sombra, la vida ¿o… qué?
Quizá, una burbuja de soledad entre gentes,
un universo privado sin espacio sideral
donde puedas humedecer tu sonrisa con el frío
tintineo de témpanos cúbicos e inocentes
que navegan flotando en un tímido mar
constreñido entre paredes lisas y curvas de cristal,
llevado de tu mano temblorosa de sed
y olvidar el río de penurias y agostarse
bajo alguna sombrilla torneada y amiga.
Una palmera de reclamo y publicidad
con que poder esquivar la vida que se te aploma
y después, asediado por el humo y los aromas,
dejarte venir una sonrisa hasta la boca.



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