domingo, 4 de noviembre de 2012

Cuántos años

Viejas historias de egoísmo que se esconden bajo la piel, pero cuando presionas encima siempre afloran, nunca se secan ni sanan, por eso es bueno dejar que les dé el aire.


Cuántos años
  ¿Cuántos años estaremos
en el corazón de alguien?
 ¿Y cuántas vidas se viven
hasta esbozar la verdad
y evaporar los clichés
que surgen desvanecidos?
   Imagen para rezar
y descargar penas propias,
retratos de estantería,
una foto desvaída
de rostro difuminado
por el trajín de la vida;
extrañas evocaciones
que prolongan el camino
hasta que parece eterno
y a uno le achacan
descalabros o victorias,
viejas cosas que pasaron,
más por que habían de ser
que por que se encapricharon.
   Y aún se habla y se murmura
y dejan volar en aire
esos descontentos, ciertos
algunos y otros llevados
por vínculos egoístas
que trabaron los recuerdos,
envidias y soterrados:
aquellos  "yo quiero y quiero";
tantos y tantos caprichos
insatisfechos de alguno,
de carne como la tuya.
  Y tu mano sin varita
de mago que lo idease,
regia para regalarle:
la dádiva inesperada
que su sonrisa comprase,
ejerciendo de adherente
para hospedar simpatías
del corazón en su mente.
  Y aparentarás que nunca
se desvanecen ni mueren,
sacros motivos, pretextos
que divinizado hubimos
como si fuesen cruzadas
persistentes en el tiempo,
como raíces de sauce
que cada día prosperan
más lejos, buscando causas
como buscará la acequia
aquel salguero tan viejo.
  Y rumian, tascan y roen
masticando las historias
del indiferente muerto,
imaginándolo vivo
hasta dejarlo dañado
y publicarlo maltrecho
con el impulso del céfiro
que sopla más diligente,
colgándolo desde el techo,
como si fuese de bronce
una refulgente araña,
el reclamo indiferente
de las bombillas guardesas
que iluminaban las tardes
de prematuros otoños,
bosquejando relucidas
guirnaldas de humo mate
que abajo se retorciese.
  Cumpleaños en invierno,
regocijos y festejos
donde nunca fue invitado
para ningún agasajo
aquel a quien desean muerto,
uno que será mentado
por bocas de mil mohines
ofensivos y sutiles,
para que salgan del nicho
todos los huesos mondados
y los residuos más nimios
con alineados dientes,
para reír en la fiesta
bajo dos amplios fanales
desde ojos inexistentes,
pitanza para gusanos
de mirar indiferente.
Manolo Madrid
Del poemario “Háganse los mares”

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