viernes, 20 de enero de 2012

¡Ea, mi niña, ea!

No es la primera vez que me surje un poema traído por la influencia de esos pequeños que tuvieron la desdicha de nacer entre edredones de pobreza y como en mi poema "Se murió la niña" en mi poemario "Palabras, sólo palabras", he de hacer un gran esfuerzo a la hora de recitarlos para no permitir que el sentimiento más fuerte interrumpa la serenidad de mi voz.



¡Ea, mi niña, ea!



¡Ea, mi niña, ea! Querubines mueven las nubes
para sembrar el aire con algodón, de palabras
que nacieron esta noche, cuando cantó Selene
los versos de un poeta que jugaba con el arpa,
para romper silencios y dormir la madrugada.

¡Ea, mi niña, ea! Llegaba de miel el susurro
desde tupida acacia, ojos brillando oscuros
mirando nacer el río en que la Luna se baña,
viendo llover poemas desde estrellas salpicadas,
arrullando entre versos el hambre que le lloraba.

¡Ea, mi niña, ea! Hierba nueva de primavera,
bamboleada con el aliento de aquellas nanas
tarareadas desde estos brazos que te acompasan,
recitadas entre besos que mis ojos enviaban
acunando en mis senos el dolor que no cesaba.

¡Ea, mi niña, ea! Vuelan hebras de fina seda,
trenzada en los senderos que por la vida te llevan
relumbrando la mañana cuando el rocío riega,
reluciendo la solana que pronto la reseca
durmiendo en sus pestañas el anhelo de un poema.

¡Ea, mi niña, ea! Rodaron frutas de las ramas
para regar semillas en la exuberante tierra,
en almas y corazones donde injertar palabras
y germinar historias con niñas de madrugada
durmiendo en el silencio sus sonrisas apagadas.




Manolo Madrid
Del poemario “Semillas de aire”

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